No salimos de Egipto… ¡Dios nos sacó con con mano fuerte y brazo extendido!

Dios es el Poder supremo del Universo pero su fuerza es espiritual y aunque actúa también a través de la materia, la esencia de su poder no es material. Se manifiesta en las colosales fuerzas del mundo y el cosmos; y en las sutiles expresiones de inteligencia, belleza y sensibilidad. Pero no es una fuerza física sino espiritual!

La Torá subraya esta idea, enfrentando el más tremendo de los yerros humanos: LA IDOLATRIA. La idolatría es conformarse con la apariencia ignorando que lo manifiesto es solo una alusión de lo verdadero. Ser hebreo o abrahamico, es aceptar la necesidad y el desafío de la interpretación; es preferir las ambigüedades y paradojas de lo desconocido antes que rendirse a la adoración de lo aparente, porque aunque resulte más fácil o inclusive conveniente, íntimamente cada uno sabe qué es slogan y qué es verdad.

Salida de Egipto

La intuición de los primeros hebreos expuesta en los primeros capítulos de la Torá, es desarrollada más tarde por los profetas que enseñan a extender la comprensión de Dios más allá del concepto de “Creador” y captar que Su poder es transformador del universo. Dios es la fuerza del cambio que en el plano ético permanentemente marca las distancias entre “lo que es” y “lo debería ser”. Lo bueno es transitorio y se convierte en malo cuando se pretende perpetuar sin cambiar.

Inferimos lo divino, como un ciego infiere la luz, de las múltiples referencias de testimonios de otros; y algunas experiencias personales. Ambos parámetros – los testimonios de otros y las experiencias propias – son necesarios e irremplazables.

Aplicando la analogía del ciego: Las descripciones que oye acerca de la luz y el color son las que le dan al ciego la conciencia, la idea, de una realidad que a él le es fácticamente inaccesible más allá de lo intelectual. Los testimonios además de transportarle información objetiva también le comunican emociones subjetivas que en conjunto constituyen la “idea” de la luz. Esa idea sería más que insuficiente si no tuviera el complemento de ciertas experiencias personales por ejemplo el calor y el frio que generan referencias íntimas.

Sabemos de Dios por los testimonios de las generaciones pasadas, los libros y los relatos, las leyes y leyendas. Pero si solo repetimos los testimonios del pasado nos convertimos en consumidores de slogans y estaríamos renunciando al rol más relevante de testigo, “atem eidai” (ustedes son mis testigos) nos recuerda el profeta Isaías. Ser testigo es ser protagonista, no mero espectador; y el testimonio convierte en un hecho presente a la historia.

Tal vez el riesgo más agudo que enfrenta el pueblo judío tiene que ver con el abandono del lugar protagónico que tuvimos en la historia como testigos de Dios. Sin presencia de Dios en nuestras conciencias nuestros actos judíos son ritos vacíos, expresiones de chauvinismo generadoras de chauvinismo, promotores de banalidad y auto-indulgencia moral.

De Egipto no salimos, Dios nos sacó! Si hubiera sido por nuestros antepasados probablemente hoy seguiríamos esclavos del Faraón. De hecho ya nos ha ocurrido que olvidando a Dios regresamos muchas veces a Egipto.

Hay cierta comodidad en la esclavitud, empezando por la justificación de la queja como modo de vida. Si la libertad implica los esfuerzos que demanda sobrevivir en el desierto, el riesgo de la incertidumbre, el ineludible temor a lo que deparará el futuro, es comprensible que la esclavitud sea falazmente idealizada. Por cierto que la esclavitud es una excelente situación para auto-victimizarnos y así obtener impunidad para nuestras propias acciones esclavizadoras.

La lucha por la libertad es un combate constante contra el esclavizador y el esclavo que tenemos dentro de nosotros. Pesaj nos enseña que la libertad es una lucha cotidiana – dice Bernardo Sorj -porque el amor se puede transformar en posesión, el miedo y la inseguridad encubrir defensiva agresividad; porque el éxito puede fermentar en arrogancia y el fanatismo de los otros transformarnos en fanáticos.

En Pesaj nos abstenemos durante 8 días de comer “jametz” – alimentos leudados o fermentados – para ejercer el auto-control sobre la arrogancia que fermenta nuestras almas, la egolatría que sirve de coartada que excusa nuestra miseria. La humildad es el preludio de la libertad.

Rabino Baruj Plavnick /Anajnu

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