El Enigma de Sansón: ¿Qué es más dulce que la miel? ¿Y quién más fuerte que el león?

El Enigma de Sansón: ¿Qué cosa más dulce que la miel? ¿Y quién más fuerte que el león?

La adivinanza más famosa de la Biblia fue inspiración de Sansón. “Del devorador salió comida y del fuerte salió dulzura” (Jueces 14:14). Sansón lo planteó durante los siete días de celebración de su boda a 30 jóvenes filisteos, que vinieron a festejar su matrimonio con una mujer de su pueblo. El último día, los jóvenes respondieron alegremente: “¿Qué cosa más dulce que la miel? ¿Y quién más fuerte que el león?” Desalentado, Sansón los acusó de haber coaccionado a su esposa: “Si no hubierais arado con mi novilla, no hubierais descubierto mi acertijo.” Y en efecto, habiendo sido amenazada con una venganza salvaje, ella había sonsacado a Sansón la respuesta, sólo para traicionarlo, exactamente como haría Dalila más tarde.

Detrás del enigma había una experiencia real de su vida. En su primer viaje a la tierra de los filisteos para arreglar su boda, Sansón había matado con sus propias manos a un león adulto que lo había atacado. Al regresar para el festín de su boda, se detuvo a inspeccionar el cadáver. Un enjambre de abejas se había acomodado en el esqueleto. Sansón tomó un puñado de miel y lo saboreó, compartiéndolo con sus padres sin revelarles su origen. La adivinanza muestra el impacto que le causó la experiencia: Sansón quedó intrigado por el fenómeno de un objeto transformado en su opuesto. La realidad parecía más fluida que fija.

Esa sensación de inestabilidad está enclavada en el lenguaje mismo de la Biblia. El hebreo bíblico contiene un pequeño número de palabras que tienen significados contrarios. Estas palabras son más que homónimos con significados diferentes, tales como – en inglés – “bear” (cargar) y “bear” (oso). Sus significados son diametralmente opuestos uno al otro. Aún más, en inglés, los homónimos generalmente se derivan fortuitamente de diferentes orígenes, mientras que en el hebreo bíblico, la polaridad de significados pareciera emanar de la misma palabra. Como el león de Sansón, la palabra se metamorfosea en su opuesto.

La aparición en nuestra parashá de un homónimo hebreo semejante es lo que me ha empujado a conducirlos por un sendero filológico arcano. Pero lo hago porque en este caso, existe una profunda visión del mundo dentro de la estructura del lenguaje.

Esta semana leemos sobre el diezmo que todo israelita estaba obligado a pagar cada tercer año del ciclo sabático. A diferencia del diezmo de otros años, este diezmo no debía ser llevado al santuario central para los funcionarios sacerdotales, sino que debía ser distribuido entre las personas en riesgo del vecindario: huérfanos, viudas, extranjeros y levitas. Una vez cumplida la obligación, el israelita debía testificar en público que “Nada de ello he comido estando en duelo (VE-ONI), nada he retirado hallándome impuro, nada he ofrecido a un muerto.” (26:14). O sea que, según la explicación de Jeffrey Tigay en su comentario del Deuteronomio, el diezmo pobre no era menos sagrado que aquél que debía ser llevado al santuario. Ambos pertenecían a Dios y por lo tanto debían mantenerse ritualmente puros.

Lo que me interesa, sin embargo, es la palabra hebrea para luto, ONI. La misma palabra en otros contextos significa fuerza, como en la referencia que hace Jacob de Rubén, su primogénito, “el principio de mi fuerza (RESHIT-ONI)” (Gen. 49:3). En ocasiones, estos dos significados de ONI pueden convergir en un doble sentido. Raquel muere trágicamente al dar a luz a Benjamín: “Entonces ella, al exhalar el alma, cuando moría, le llamó Ben Oní” (Gen. 35:18), que se podría traducir con igual validez como “hijo de mi dolor” o “hijo de mi fuerza”. La polaridad de significados da origen a una dialéctica que refleja la complejidad de la vida misma.

Encontramos otro homónimo en la parashá de la semana pasada. La bien conocida palabra hebrea para sagrado (KADOSH) puede a veces significar “impuro”. Por esto la Torá prohibe mezclar diferentes cosechas en un mismo campo (KILAIM): “No sembrarás tu viña con semilla de dos clases, no sea que no pueda ser utilizado todo el fruto: la semilla que sembrares, y el producto de la viña” (22:9). En hebreo el verbo “no pueda ser utilizado” es una forma de KADOSH – PEN TIKDASH, que significa literalmente impuro. Entremezclar siembras corrompe el producto, haciéndolo inutilizable y, por lo tanto, se hace necesario destruirlo.

En forma similar, más adelante en la parashá, la Torá prohibe oscuramente la institución de prostitución del culto, ya sea masculina KADESH o femenina KEDESHÁ. La conexión de ambos términos a la palabra KADOSH es evidente. Claramente, en la palabra y el concepto de “sagrado” está implícito su polo opuesto, siempre listo para brotar en un acto de sacrilegio. De hecho, la relación entre las palabras “sagrado” y “sacrilegio”, que comparten una raíz latina común que significa sagrado, es, en el inglés, lo que más se acerca a los homónimos orgánicos del hebreo bíblico.

La prohibición de la mezcla de granos aparece como parte de un conjunto de leyes que prohiben otras combinaciones, tales como la unión de un buey y un asno en un mismo yugo, o hacer vestidos de lana y lino (SHAATNEZ). Todas estas prohibiciones se dan a conocer por el empuje penetrante de la Torá por establecer el orden a partir del caos. El ideal es respetar y perpetuar ese orden, la individualidad de sus partes constituyentes y la integridad de los límites en que se fundamenta.

Y sin embargo, la realidad amenaza, día a día, con erosionar y erradicar ese orden. Las cosas están desesperadamente mezcladas y enredadas. Es a esa dinámica subyacente de desorden que aluden los homónimos del hebreo bíblico. Un exceso de santidad puede convertir a la religión fácilmente en fanatismo. Un parto difícil le negó a Raquel la alegría de amamantar y criar a su bebé. Nuestras vidas se ven sacudidas por una cascada sin fin de emociones y condiciones conflictivas. La filología hebrea apunta a una verdad filosófica: el estado normal de la humanidad es la inestabilidad y el desorden.

Los textos de este Shabat reflejan nuestro destino común en el fluido sino del antiguo Israel. La parashá comienza con una escena de paz y prosperidad. Una vez asentados en la tierra prometida, los granjeros israelitas deben viajar al santuario central del país con los primeros frutos de su cosecha anual, para ofrecerlos como acción de gracias. La abundancia del suelo es lo que les permite también compartir su producto con sus conciudadanos más vulnerables, por medio del diezmo pobre.

Pero ese idilio de tranquilidad pastoril rápidamente da paso a una horrorosa letanía de calamidades nacionales. El pacto con Dios no es una bendición pura. La infidelidad de Israel llevará a la derrota, la deportación y el exilio. Visiones de sufrimiento sin fin llevarán a muchos a la distracción. Como extranjeros en tierras extrañas, los israelitas serán golpeados con un sentimiento ineludible de precariedad.

Y aún así el pacto no es anulado. A la contrición y el arrepentimiento seguirá la restauración. El exilio no será la condición irreversible de Israel. La haftará de consolación de esta semana, la sexta de siete entre Tisha BeAv y Rosh Hashaná, se remonta con imágenes de reconciliación y redención. Los exiliados pronto comenzarán a regresar. Sus opresores dejarán de injuriarlos y emprenderán la reconstrucción de Jerusalem para ellos. Bañada por la presencia de Dios, Jerusalem emitirá una efusión de luz que la liberará de la necesidad del sol, de día y de noche.

Y tu pueblo, todos ellos serán justos,

Heredarán para siempre la tierra;

Retoño de mis plantaciones,

obra de mis manos para manifestar mi gloria.

El pequeño vendrá a ser mil,

Y el más chico una nación fuerte:

Yo, el Señor, Me apresuraré a cumplir esto a su tiempo.

(Isaías 60:21-22)

Pero, hasta ese momento, la inestabilidad continuará siendo el orden real de nuestras vidas diarias, individual y colectivamente. El enigma de Sansón es la clave para el enigma de la vida. Como el 9/11 nos recuerda dolorosamente esta semana, el caos nos acecha para hacer pedazos nuestro equilibrio, más allá de lo que podemos soportar y recuperar. El reconocimiento de esa vulnerabilidad está encerrado en el tejido mismo de la lengua hebrea, porque la misión de la religión es ayudarnos a domar la vida.

UJCL

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