El secreto de un millonario judío y Malaquías 3:10; si quieres ser millonario da tu dinero ganado con esfuerzo a la caridad.

El secreto de un millonario judío y Malaquías 3:10; si quieres ser millonario da tu dinero ganado con esfuerzo a la caridad.

¿Quién Quiere Ser Millonario?

Bernard Hochstein tenía un método a prueba de balas para ser millonario: Dar tu dinero, ganado con mucho esfuerzo, a caridad.

por Riva Pomerantz

 

Bernard Hochstein, un hombre realmente admirable, vivió bajo sus principios e inspiró a otros a que hicieran lo mismo. A la edad de 96 años, su alma se reunió con su creador, y su maravilloso legado es una inspiración para todos nosotros.

 

Nacido en Polonia en 1913, Bernard Hochstein, (más conocido por sus cercanos como Rev Dov), tenía 6 años cuando su familia emigró a Holanda. A los 13, conoció a Israel Aharonson, un comerciante de diamantes que trabajaba cada día hasta que conseguía lo necesario para ese día, y después cerraba su tienda y se iba a estudiar Torá. Él instruyó al joven Bernard durante 14 años, impartiéndole no sólo amor por la Torá, sino también un sólido entendimiento acerca del valor del dinero como una herramienta, y no como un fin en sí mismo.

 

Visión e intuición indicaron que los rumores siniestros que emanaban de Alemania eran mortalmente serios, y estaban en lo correcto. Bernard y su mujer, Miriam, dejaron Holanda en mayo de 1939 y se dirigieron a Río de Janeiro, justo a tiempo. A pesar de haber conseguido milagrosamente visas para Brasil, Bernard tenía deseos de asentarse en Norteamérica, ‘la tierra de las oportunidades’. El cónsul norteamericano en Río inmediatamente amortiguó su entusiasmo citando la mínima “Cuota Polaca”, el número de polacos que los Estados Unidos dejarían ingresar al país. Pero en menos de dos años él fue llamado nuevamente a la embajada, en donde el cónsul, actuando con ingenuidad, emitió la única visa disponible de acuerdo a la “Cuota Polaca”, e ingresó por otra parte a su esposa de nacionalidad inglesa y a sus dos hijos “ingleses” bajo una cuota británica. Un solo cupo polaco hizo que toda la familia Hochstein viajara a Norteamérica, pero no antes que Bernard, el activista comunitario eterno, fundara una sinagoga en Río de Janeiro que continúa existiendo hasta el día de hoy.

 

Pero Bernard nunca relacionó la palabra “éxito” con la palabra “financiero”. Para él el dinero era sólo una herramienta.

 

Ellos llegaron a la bahía de Nueva York y comenzaron a trabajar de inmediato. Bernard había creado un nicho para sí mismo vendiendo encendedores, luego había pasado a las pipas de calidad. En los Estados Unidos, Bernard continuó desarrollando su negocio vendiendo costosas pipas de manufactura europea a famosas cadenas comerciales a lo largo del país. Así nació Mastercraft Pipes y eventualmente se convirtió en una marca de prestigio. Bernard Hochstein era un éxito financiero.

 

Pero Bernard nunca relacionó la palabra “éxito” con la palabra “financiero”. Para él el dinero era sólo una herramienta. El apreciaba las complejidades de su vida, notaba todos los maravillosos regalos que había recibido y sabía que tenía que hacer algo generoso a cambio. Él siempre había separado el diezmo de sus ganancias, cumpliendo así con los mandamientos de la Torá, pero en cierto momento a lo largo del camino, Bernard entendió que dar caridad no era sólo un mandamiento; era una inversión.

 

Bernard Hochstein vivía de acuerdo al versículo: “Y me pondrás a prueba en esto, dice Dios, si no abriré para ustedes las puertas de los cielos y los vaciaré para ustedes en bendiciones sin fin” (Malaquías 3:10). Este verso indica que el hombre puede poner a prueba a Dios en el área del maaser, dar el diezmo de las ganancias, esperando abundancia y bendición a cambio de dar caridad. Este fue el modus operandi de Bernard a lo largo de su vida.

 

Bernard compartía su profunda creencia en dar el diezmo y su amor por apoyar a fundaciones de caridad, a través de seminarios en los cuales se explicaba cómo tener éxito recolectando fondos (fundraising) y la importancia de diezmar las ganancias. “Si das $100,000 dólares a caridad, te prometo que serás millonario. ¿Y qué ocurre si no tienes $100,000 dólares para dar?, ¡entonces ayuda a que otras personas los den!”.

 

Él predicaba y practicaba, siempre alentando a otros para que se unieran a su red de filantropía. Durante una cena anual de una Yeshivá a la cual él apoyaba, una joven recién casada perdió su anillo de diamantes. Ella estaba visiblemente afectada, y esto llamó la atención de Bernard. Él se dirigió a otro de los donantes que estaba sentado a su lado y le dijo, “¿Qué te parece si dividimos el costo del anillo 50-50 para que esta joven vuelva a su casa feliz?”. El otro donante aceptó, y los dos escribieron cheques para la joven que estaba muy emocionada y agradecida ante la oportunidad de recobrar su anillo de compromiso.

 

Unos cuantos días más tarde, se supo que un miembro de la Yeshivá había encontrado el anillo durante la cena y lo había guardado en una oficina por motivos de seguridad. El anillo fue devuelto a su dueña y la Yeshivá llamó al Sr. Hochstein para avisarle que devolverían su cheque.

 

“Un momento”, dijo él. “¿Qué hace el marido de la joven para ganarse la vida?”, preguntó. Le dijeron que el marido de la joven era maestro en una Yeshivá. “¡Díganle que se quede con el dinero!”, respondió.

 

Luego la Yeshivá llamo al otro donante y le informó que le devolverían su cheque. “Un momento”, dijo. “¿Qué dijo Hochstein acerca de esto?”. El encargado le dijo que Bernard había acordado que la mujer se quedara de todas maneras con el dinero. “¡Yo haré lo que haga Hochstein!”, respondió el otro donante.

 

Bernard Hochstein construyó un imperio de filantropía.

 

Con la misma inteligencia y visión que utilizó para construir su imperio de negocios, Bernard Hochstein construyó un imperio de filantropía. Mantener y ayudar a crear importantes instituciones se transformó en su raison d’etre. Él trabajaba incansablemente para dar su dinero. Él era igual de juicioso y astuto en sus “inversiones” de caridad así como en sus inversiones financieras. Su “portafolio” de filantropía era extenso y muy selectivo. Él daba sin límites, no sólo su dinero, sino también su tiempo y sabiduría. Bernard creía realmente, con cada fibra de su ser, que dar caridad aseguraría no sólo su estabilidad financiera, sino también su buen estado de salud, su familia y una buena vida.

 

En el centro de Jerusalem, el Gemaj de Hochstein, una asociación de préstamos sin intereses que funciona con todo el profesionalismo de un banco verdadero, es una luz de esperanza para miles de israelíes. Cualquiera puede recibir un préstamo de hasta 10,000 shekels, sin preguntas, sin avales, que pueden ser devueltos sin interés dentro de un año de plazo. No se necesitan garantías, los “clientes” simplemente presentan su tarjeta de crédito, se comprometen a pagos mensuales y el dinero ya está en sus manos. Esta es una de las geniales ideas de caridad de Bernard Hochstein, donde el mismo dinero inicial se multiplica y se transforma en innumerables oportunidades de caridad a medida que es reciclado.

 

Bernard creía firmemente que Dios le “pagaría de vuelta” mientras diera caridad de manera generosa y consistente. Era tan extremista en este aspecto que llevaba la cuenta de sus ganancias de acuerdo a la cantidad de dinero que donaba.

 

Una vez, uno de los hijos de Bernard estaba sentado en la oficina con su padre mientras él escribía un cheque para una institución por $18,000 dólares. En medio de escribir el cheque, sonó el teléfono, era su corredor de bolsa.

 

“Quería informarte que acabas de ganar $182,500 dólares”, dijo él, refiriéndose a una transacción específica.

 

Bernard estaba satisfecho, pero desconcertado. A menudo el separaba el diezmo con anterioridad, obteniendo la ganancia sólo después de eso. En este caso él había escrito un cheque por $18,000 dólares, lo que explicaba perfectamente los $180,000 dólares que había ganado a continuación (¡como consecuencia!). Pero, ¿de dónde provenían los $2,500 dólares extra?

 

Él no tuvo que esperar mucho por una respuesta. Unos momentos después, Miriam, su señora y compañera en todas sus aventuras de filantropía, entró a su oficina y le dijo que recién había escrito un cheque por $250 dólares para una institución.

 

Y él le demostraba firmemente su convicción a otros también.

 

En cierta ocasión, un hombre se acercó a Bernard para hablar acerca de una inversión de negocios. Bernard inmediatamente le preguntó si sabía lo que era maaser, dar el diezmo de sus ganancias. Después de una breve explicación, el hombre aceptó dar el diezmo de las ganancias que obtendría con esta inversión de negocios.

 

“¿Cuanto esperas ganar con este negocio?”, le preguntó Hochstein.

 

“$500,000 dólares”, respondió el hombre.

 

“Está bien”, le dijo Bernard razonablemente, “En el cielo, trabajan en base a avances en efectivo. Tú dame el maaser (diezmo) en este momento, y ciertamente después obtendrás la ganancia correspondiente”.

 

El empresario estaba un poco desconcertado con esta cláusula. El discutió un poco con Bernard y finalmente aceptó a darle la mitad del diezmo estimado, es decir, $25,000 dólares. Él escribió un cheque por esa cantidad y se lo entregó a Bernard.

 

Unos días después, uno de los hijos de Bernard entró a su oficina y lo encontró de muy buen ánimo. “¿Qué ocurrió?”, le preguntó.

 

“¡Aquel empresario acaba de llamarme. Él me dijo que acaba de ganar $250,000 dólares. Él me enviará otro cheque por $25,000!”.

 

Bernard tenía otra filosofía, basada en la Mishná de la Ética de Nuestros Padres: “Más grande es la persona que hace que los otros actúen, que la persona que actúa por sí misma”. Él no sentía ninguna duda al pedirle a los demás que donaran su dinero; de hecho, el aseguraba, eran ellos los que se beneficiarían de dar caridad. ¡Él sólo estaba haciéndoles un favor!

 

Además de separar el diezmo los ingresos, Bernard sentía fuertemente que habían otras dos obligaciones relacionadas a esto: hacer que otros también den caridad a buenas causas, y no sólo dar dinero, sino que involucrarse en esas causas personalmente. Bernard personificaba estos principios, involucrándose totalmente en las instituciones que apoyaba.

 

Como dijo uno de sus hijos, “Él creía que todos estamos acá con un propósito. Él creía que una persona debe conocer sus responsabilidades – educar a sus hijos y nietos, e involucrarse en apoyar instituciones de educación judía. Mi padre siempre vivía con la sensación de que no había tiempo que perder; cada segundo debía ser bien invertido”.

 

En 1974, él vendió su compañía de pipas e hizo Aliá a Israel, donde su modesto departamento de dos dormitorios en Jerusalem era visitado día y noche por un diverso grupo humano, desde recaudadores de caridad hasta mandatarios y empresarios buscando sus consejos.

 

Bernard fue presidente de 18 reconocidas instituciones, incluyendo Aish Hatorá en Jerusalem, y jugó un rol activo en cada una de ellas.

 

Él poseía el extraño “don de la claridad” para dar excelentes consejos. De hecho, Aish Hatorá nunca sería la institución que es hoy en día sin Bernard Hochstein. Él reconoció el valor de fundar una Yeshivá para jóvenes que retornan a sus raíces, y elevó una petición personal al gobierno israelí para que le otorgaran a la, en ese entonces joven organización, una gran propiedad localizada justo en frente del Muro Occidental – ¡gratis!, obviamente. Aish Hatorá fue una causa muy apreciada por el corazón de Bernard Hochstein, y su corazón grande y lleno de amor fue capaz de apreciar otras cuantas causas “favoritas” como por ejemplo: El Seminario para Mujeres Nevé Yerushalaim, Kerem BeYavne y Ohr Somayach.

 

Él entendió el verdadero valor de dar caridad, y utilizó este entendimiento para transformarse en un recaudador de fondos de nivel internacional y para hacer que otros aprendieran a obtener donaciones para sus instituciones también. A los ojos de Bernard, un recolector de fondos era una persona respetable, íntegra, y estaba muy lejos de ser un “mendigo”.

 

En los 34 años que vivieron en su casa ellos nunca redecoraron.

 

Los Hochstein vivían de manera simple, sin preocuparse de cosas materiales. En los 34 años que vivieron en su casa ellos nunca redecoraron; las posesiones no eran importantes para ellos. Los Hochstein compartían un tremendo amor por la Tierra de Israel. Incluso cuando tuvo que atravesar un tratamiento de radioterapia debido a un cáncer que se desarrolló al final de su vida, él le decía a su hijo, “¡Maneja más despacio! Me encantaría poder ver a Jerusalem reconstruida”.

 

Él demandaba integridad de los demás, pero por sobre todo de sí mismo. Nada engañoso se cruzaba en su camino. Mientras estaba aún en el negocio de las pipas, Bernard fue tentado por una compañía que deseaba aliarse con él. Sin embargo, la compañía que tenía dueños judíos, abría sus puertas y operaba en el día de Shabat, una práctica que Bernard repudiaba fuertemente. Después de consultar con su rabino, Bernard entendió que en términos halájicos el podía aliarse con la compañía siempre y cuando no se beneficiara de las ganancias obtenidas en Shabat, pero la integridad de Bernard era inquebrantable.

 

“¿Cómo le explicaré esto a mis hijos?”, exclamaba. “¿¡Acaso debo decirles que me he asociado con una compañía que trabaja en el día de Shabat!?”.

 

La compañía era insistente, y continuaron presionando a Bernard para que se asociara con ellos.

 

“Si quieren que me asocie con ustedes”, declaró finalmente, “entonces deben cerrar sus puertas en Shabat”.

 

Ellos no aceptaron su ultimátum, explicando que la empresa experimentaría grandes pérdidas monetarias si cerraban sus puertas el día sábado. Entonces Bernard hizo una oferta inverosímil: “Cierren en Shabat y yo me asociaré con ustedes. Cualquier pérdida que experimente la compañía por cerrar en Shabat, yo pagaré la diferencia. Pongamos a prueba este sistema por seis meses”.

 

La compañía aceptó, pero pidieron un período de prueba de un año en cambio. Al final del año, ¡Bernard Hochstein no les debía un solo centavo!, ellos no habían sufrido ningún tipo de pérdida.

 

Hoy en día no existe ningún descendiente de Hochstein – incluso el bisnieto más pequeño – que no de maaser. Ellos vienen con el dinero de su Bar Mitzvá, su primer salario del ejército, ansiosos por dar su maaser a una noble causa. Ellos continuarán el legado de su patriarca, dando generosamente, porque entienden que el verdadero valor del dinero está en el cumplimiento de un propósito más elevado.

 

Bernard Hochstein falleció hace unos meses, a la edad de 96 años, habiendo sido bendecido con todas las bendiciones que él prometió a otros que actuaban como él. Miles sufrieron su partida de este mundo. Su alma era como una antorcha que iluminaba innumerables almas, esparciendo la luz del servicio a Dios de una manera sobresaliente. Pero su legado esta vivo, y hoy, Bernard te está traspasando la antorcha a ti, querido lector, incitándote a tomar en tus manos la bandera de la caridad para agitarla con fuerza. Haz que separar el diezmo de tus ganancias sea una prioridad en tu vida, y ve con cuanta abundancia Dios te recompensará a ti y a tu familia por esto.

 

Esa es la promesa de Bernard Hochstein. Si das caridad, serás millonario. Esa si que es una oferta que no puedes rechazar.

 

Aish Latino

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