“Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga”.

“Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga”.

La palabra más difícil de escuchar

Por Rabino Jonathan Sacks
El gran Rabino Jonathan Sacks
El gran Rabino Jonathan Sacks

La historia de Bilam, el profeta pagano, comienza con una serie desconcertante de incongruencias, una serie de eventos que parecen no tener lógica.

Primero, el trasfondo. Los israelitas se acercan al fin de sus cuarenta años en el desierto. Ya han peleado y ganado guerras contra Sijón, rey de los Amorreos, y Og, rey de Basán. Llegaron a las planicies de Moab, hoy Jordania, donde se toca con el Mar Muerto. Balac, rey de Moab, está preocupado, y comparte esta sensación con los sabios de Midián. El lenguaje utilizado por la Torá en este momento es precisamente una reminiscencia de la reacción de los egipcios al comienzo del libro del Éxodo.

Egipto: “Él dijo a su pueblo: ‘El pueblo de los israelitas es más numeroso y fuerte que nosotros…’ y sintieron miedo ante los hijos de Israel”.

Moab: “Moab tenía mucho temor a causa del pueblo, porque eran muchos, y Moab tuvo miedo ante los hijos de Israel”.

La estrategia que Balac adopta es buscar la ayuda de un profeta y adivino muy conocido, Bilam. Aquí también hay una evocación literaria, esta vez las palabras de Di-s a Abraham:

Di-s a Abraham: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga”.

Balac a Bilam: “Sé que a quien tú bendigas, bendito será, y a quién tú maldigas, maldito será”.

Esta vez, el paralelismo es irónico (de hecho, la historia de Bilam está llena de ironía). En el caso de Abraham, fue Di-s quien bendijo. En el caso de Bilam, se pensaba que el poder residía en el propio Bilam. De hecho, la afirmación previa de Di-s a Abraham ya presagia la suerte de Moab: quien trate de maldecir a Israel será maldecido.

Los antecedentes históricos a la narrativa de Bilam están bien documentados. Se han encontrado varios fragmentos de arcilla egipcia que datan del II milenio AEC, que contienen textos abominables –maldiciones– dirigidas a ciudades canaanitas. Era costumbre dentro de los árabes preislámicos contratar poetas que se pensaba que estaban bajo influencia divina para componer maldiciones contra sus enemigos. En cuanto a Bilam, se realizó un descubrimiento significativo en 1967. Se descubrió una inscripción en yeso en el muro de un templo en Deir Alá, Jordania, que hacía referencia a la visión nocturna de un adivino llamado Bilam (la referencia más antigua en fuentes arqueológicas de un individuo nombrado en la Torá). Por lo tanto, aunque la historia en sí contiene elementos de parábola, pertenece a un contexto específico en tiempo y lugar.

El personaje de Bilam permanece ambiguo, tanto en la Torá como en la tradición judía posterior. ¿Era un adivino (que leía augurios y signos) o era un brujo (que practicaba las artes ocultas)? ¿Era un profeta genuino o un fraude? ¿Estaba de acuerdo con las bendiciones divinas puestas en su boca o deseaba maldecir a Israel? Según algunas interpretaciones midráshicas era un gran profeta, de igual importancia que Moshé. Según otras interpretaciones, era un pseudoprofeta con un “mirada malvada”, que buscaba la caída de Israel. El objetivo de este artículo no es ahondar sobre Bilam o sus bendiciones, sino analizar el preámbulo de la historia, porque es allí donde surge uno de los problemas más profundos, concretamente: ¿que deseaba Di-s que Bilam hiciera? Es un drama en tres escenas.

En la primera, llegan emisarios de Moab y Midián. Declaran su misión. Quieren que Bilam maldiga a los israelitas. La respuesta de Bilam es un modelo de buenos modales: quédense a pasar la noche, les dice, mientras yo consulto con Di-s. La respuesta de Di-s es inequívoca:

Pero Di-s dice a Bilam: “No vayas con ellos. No debes maldecir a ese pueblo porque están bendecidos”.

Obedientemente, Bilam se niega. Balac redobla sus esfuerzos. Quizás mensajeros más distinguidos y la promesa de una recompensa significativa podrán persuadir a Bilam para que cambie de opinión. Envía un segundo grupo de emisarios. La respuesta de Bilam es ejemplar:

“Aunque Balac me diera su palacio lleno de plata y oro, no podría hacer nada grande o pequeño para ir más allá de lo que manda el señor mi Di-s”.

Sin embargo, agrega una condición profética:

“Ahora quédense a pasar la noche como lo han hecho los otros y averiguaré que más me dirá el señor”.

La implicación es clara. Bilam sugiere que Di-s puede cambiar de opinión. Pero eso es imposible. Eso no es lo que Di-s hace. Sin embargo, para nuestra sorpresa, es lo que parece hacer:

Esa noche Di-s le dice a Bilam: “Ya que estos hombres han venido a llamarte, ve con ellos, pero haz solo lo que yo te digo”.

Primer problema: primero Di-s dice: “No vayas”. Ahora dice: “Ve”. El segundo problema surge inmediatamente.

Bilam despertó a la mañana, ensilló su burro, y fue con los príncipes de Moab. Pero Di-s se enojó mucho cuando se fue, y el ángel del señor se detuvo en el camino para enfrentarlo.

Di-s dice: “Ve”. Bilam va. Luego Di-s se enoja. ¿Cambia Di-s su opinión (no una, sino dos veces en el transcurso de un mismo relato)? La mente da vueltas. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué debe hacer Bilam? ¿Qué quiere Di-s? No hay una explicación. En cambio, el relato continúa con la famosa escena del burro de Bilam (un misterio en sí mismo que necesita interpretación):

Bilam montaba en su burro y sus dos sirvientes iban con él. Cuando el burro vio al ángel del señor en el medio del camino con la espada en la mano, se apartó del camino hacia un campo. Bilam lo azotó para volverlo al camino.

Luego, el ángel del señor se detuvo en un camino angosto entre dos viñedos, con muros a ambos lados. Cuando el burro vio al ángel del señor, se empujó contra el muro aplastando el pie de Bilam contra él. Entonces lo azotó otra vez.

Luego el ángel del señor siguió adelante y se detuvo en un lugar angosto, donde no había espacio para doblar a la izquierda o a la derecha. Cuando el burro vio al ángel del señor, se acostó debajo de Bilam, y Bilam se enojó y azotó al burro con su vara. Luego, el señor le abrió la boca al burro, y este le dijo a Bilam: “¿qué te he hecho para que me azotes estas tres veces?”.

Bilam le respondió al burro: “¡Has hecho de mí un tonto! Si tuviera una espada en la mano, te mataría ahora”.

El burro le dijo a Bilam: “¿No soy tu propio burro, que has montado siempre, hasta este día? ¿Te he hecho esto habitualmente?”. “No”, dijo él.

Luego el señor le abrió los ojos a Bilam, y este vio al ángel del señor parado en el camino con la espada desenvainada. Entonces se inclinó y se cayó de cara el piso.

Los intérpretes ofrecen varias formas de resolver esta aparente contradicción entre la primera y la segunda respuesta de Di-s. Según Najmánides, la primera afirmación de Di-s, “No vayas con ellos”, significaba “No maldigas a los israelitas”. Su segunda afirmación, “Ve con ellos”, significaba “Ve, pero deja en claro que solo dirás las palabras que yo ponga en tu boca, aún si son bendiciones”. Di-s se enojó con Bilam, no porque fue sino porque no les aclaró la condición.

En el siglo nueve, Malbim y el rabí Zvi Hirsch Mecklenberg sugirieron una respuesta diferente basada en un profundo análisis del texto. El texto hebreo utiliza dos palabras diferentes para “con ellos” en la primera y la segunda respuesta divina. Cuando Di-s dice: “No vayas con ellos”, la palabra hebrea es imahem. Cuando dice más tarde “Ve con ellos”, la palabra correspondiente es itam. Estas dos palabras tienen una diferencia sutil en su significado. Imahem significa “con ellos mental y físicamente”, seguir con sus planes. Itam significa “con ellos físicamente pero no mentalmente”; en otras palabras, Bilam podía acompañarlos pero no compartir su propósito o intención. Di-s se enoja cuando Bilam va, porque el texto dice que él fue im ellos, que se identificó con la misión de ellos. Esta es una solución ingeniosa. La única dificultad se encontraría en el versículo 35, en el cual el ángel del señor, al abrirle los ojos a Bilam, finalmente le dice: “Ve con los hombres”. Según Malbim y Mecklenberg, esto es precisamente lo que Di-s no quería que Bilam hiciera.

La respuesta más significativa es también la más simple. La palabra más difícil de escuchar en cualquier idioma es la palabra no. Bilam le preguntó a Di-s una vez. Di-s le dijo “no”. Eso debería haber sido suficiente. Sin embargo Bilam le preguntó una segunda vez. En ese acto se encuentra su debilidad de carácter. Sabía que Di-s no quería que fuera. Aun así invitó al segundo grupo de mensajeros a pasar la noche, en caso de que Di-s cambiara de opinión.

Di-s no cambia de opinión. Por lo tanto, el retraso de Bilam decía algo, no acerca de Di-s, sino de él mismo. No aceptó la negativa de Di-s. Necesitaba escuchar un “sí” como respuesta, y eso fue lo que escuchó. No porque Di-s quisiese que él fuera, sino porque Di-s habla solo una vez, y si nos negamos a aceptar lo que dice, no nos fuerza su voluntad. Como los sabios del Midrash han dicho: “El hombre es conducido por el camino que él elija transitar”.

El verdadero significado de la segunda respuesta de Di-s, “Ve con ellos”, es: “Si insistes, entonces no puedo detenerte, pero me enoja que tengas que preguntar una segunda vez”. Di-s no cambió de opinión en ningún momento del relato. En las escenas I, II y III, Di-s no quiso que Bilam fuera. Su “sí” en la escena II significaba “no”, pero fue un “no” que Bilam no pudo escuchar, que no estaba preparado para escuchar. Cuando Di-s habla y nosotros no escuchamos, él no interfiere para salvarnos de nuestras elecciones. “El hombre es conducido por el camino que él elija transitar”. Pero Di-s no estaba preparado para dejar a Bilam proceder como si tuviera su consentimiento. En cambio, organizó la demostración más elegante posible de la diferencia entre una profecía verdadera y una falsa. El falso profeta habla. El verdadero profeta escucha. El falso profeta le dice al pueblo lo que quiere escuchar. El verdadero profeta le dice lo que necesita escuchar. El falso profeta cree en sus propios poderes. El verdadero profeta sabe que no tiene poder. El falso profeta habla en su propia voz. El verdadero profeta habla en una voz que no es suya (“No soy un hombre de palabras”, dice Moshé; “No puedo hablar, porque soy un niño”, dice Irmiahu).

El episodio de Bilam y el burro parlante es puro humor y, como he dicho antes, solo hay una cosa que provoca la risa divina, y es la pretensión humana. Bilam se ha ganado el reconocimiento como uno de los grandes profetas de su tiempo. Su fama se esparció por Moab y Midián. Fue conocido como el hombre que contenía los secretos de la bendición y la maldición. Di-s procede a mostrarle a Bilam que cuando lo decide, hasta su burro puede ser un profeta más grande que él. El burro ve lo que Bilam no puede ver: el ángel parado en el camino, impidiendo su paso. Di-s hace humilde al vanidoso, así como le da importancia al humilde. Cuando el ser humano cree que puede dictar lo que Di-s va a decir, Di-s se ríe. Y, en esta ocasión, también nosotros.

Hace algunos años, estaba haciendo un programa de televisión para la BBC. El problema con el que me enfrenté fue el siguiente. Quería hacer un documental acerca de la teshuvá, el arrepentimiento, pero debía hacerlo de una forma que fuera entendible tanto para no judíos como para judíos (de hecho, para aquellos que no tenían ninguna creencia religiosa en absoluto). ¿Qué ejemplo podía utilizar que ilustrara este punto?

Decidí que una forma de hacerlo era mirar a los adictos. Ellos habían desarrollado un comportamiento que sabían autodestructivo, pero también era adictivo. Romper con el hábito supondría grandes reservas de voluntad. Debían reconocer que la vida que llevaban los estaba lastimando, y que tenían que cambiar. Ese me pareció un equivalente laico de teshuvá.

Pasé un día en un centro de rehabilitación, y fue desgarrador. Los jóvenes de allí –tenían entre 16 y 18 años– provenían de familias quebradas. Muchos habían sufrido abusos. Más allá de los trabajadores del centro, no tenían redes de contención. El equipo estaba formado por gente excepcional. Su tarea era abrumadoramente difícil. Lograrían que los adictos rompieran con sus hábitos durante días o semanas, para luego recaer y que todo el proceso debiera comenzar otra vez. Empecé a entender que su paciencia era poco menos que el equivalente de la paciencia de Di-s respecto de nosotros. Sin embargo muchas veces fallamos y debemos comenzar otra vez. Di-s no pierde su fe en nosotros, y eso es lo que nos da fuerzas. Aquí había gente haciendo el trabajo de Di-s.

Le pregunté a la directora del centro, una trabajadora social, qué les daba a los jóvenes para hacer una diferencia en sus vidas y darles la oportunidad de cambiar. Nunca olvidaré su respuesta, porque fue una de las más hermosas que he escuchado: “Somos, tal vez, las primeras personas que han conocido que se preocupan por ellos incondicionalmente. Y somos las primeras personas en sus vidas que se preocupan lo suficiente como para decir no”.

“No” es la palabra más difícil de escuchar, pero a menudo es la más importante, y el signo de que alguien se preocupa. Eso es lo que Bilam, humillado, aprendió finalmente, y lo que nosotros también debemos descubrir si estamos abiertos a la voz de Di-s.
Jabad

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