Israel y el mundo judío reconoció el trabajo del cónsul de Ecuador Antonio muñoz por a judíos del holocausto.

Israel y el mundo judío reconoció el trabajo del cónsul de Ecuador Antonio muñoz  por a judíos del holocausto.

 

Conoce a Manuel Antonio Muñoz Borrero, el primer Justo entre las Naciones de Ecuador

 

Manuel Antonio Muñoz Borrero fue el cónsul general de Ecuador en Estocolmo a partir de enero de 1930.

 

El cónsul permaneció allí 30 años, hasta 1960. Además del idioma castellano nativo, en el colegio aprendió latín y, desde su juventud, hablaba el francés, conocía el inglés y sabía alemán básico. En Estocolmo aprendió a cabalidad el sueco.

 

Como representante consular del Ecuador en los países del Báltico, amplió con buenos resultados el comercio del cacao y buscó mercados nuevos para productos tropicales.

 

Tras las turbulencias políticas de mediados de los 30, el Gobierno canceló su nombramiento, supuestamente por su ideología derechista, y fue designado  simplemente cónsul honorario sin sueldo.

 

Manuel Antonio siguió llevando a cabo su labor consular; sin embargo, en septiembre de 1939 la situación de Europa cambió radicalmente al estallar la Segunda Guerra Mundial y las importaciones y exportaciones ecuatorianas disminuyeron  de forma drástica ante la arremetida alemana a Holanda y Dinamarca, países incluidos en su jurisdicción consular.

 

El reino de Suecia  continuaba libre, pero su vida se llenó de zozobra y dificultades económicas, casi aislado, sujeto a continuas amenazas y convertido en tablero del mortal ajedrez político que jugaban los nazis con sus adversarios occidentales.

 

Enfrentados a la política racial dictada por el nazismo en las reuniones masivas de Nüremberg, líderes y asociaciones judías en algún momento descubrieron que la única posibilidad de salvar la vida de los judíos consistía en obtener pasaportes de países neutrales  que encubriesen la verdadera identidad de los israelitas.

 

Como sólo podían emitir tales documentos los consulados acreditados en países neutrales, como Suiza, Portugal y Suecia, el consulado ecuatoriano de Estocolmo tenía la facultad de hacerlo.

 

Esos pasaportes, o las promesas para emitirlos que expedían algunos cónsules, no abrían sino eventualmente las puertas de la emigración a  Latinoamérica, pero, de alguna manera, constituían una relativa garantía para los judíos o, cuando menos, una posibilidad de eludir el internamiento en los terribles campos de Auschwitz  o Dachau y esperar, en caso de ser apresados, su confinamiento en lugares menos duros. El consulado ecuatoriano  emitió estos pasaportes para judíos, convirtiéndoles en ciudadanos del Ecuador gracias a la firma y los sellos de Manuel Antonio.

 

Tal esperanza, lejos de contrariar la fría decisión nazi, encubría el propósito hitleriano de mantener unos 30.000 “rehenes” para canjearlos con ciudadanos alemanes detenidos en los países latinoamericanos.

 

Desde julio de ese año, el campo de Bergen-Belsen alojaba como “lugar de tránisto” a los rehenes judíos con pasaportes latinoamericanos, y trataban de mantenerlos en “condiciones aceptables” para su eventual canje.

 

Su actividad, que rayaba en la ilegalidad, llevó a que, en enero de 1942, el presidente de Ecuador Carlos Alberto Arroyo del Río dictara un decreto para cancelar al cónsul ecuatoriano.

 

Ocultando su condición de exconsul, él siguió expidiendo pasaportes cuanto menos hasta finales de 1843 o hasta más tarde todavía. Vigilado por la Gestapo, vivió en zozobra ,esperando lo peor. Ciertos cálculos estiman que expidió más de 1.200 pasaportes que ayudaron a sobrevivir a unos 800 judíos.

 

En 1964 retornó a Ecuador, escribía  artículos sobre temas internacionales en el semanario El Tiempo y otros periódicos, sin mencionar jamás sus actividades de cónsul. Murió en 1976.

 

Héroe del holocausto

 

Muchas de las familias a las que apoyó siguieron su rastro hasta dar con quién era, y, luego de un largo proceso, el Tribunal Supremo de Justicia de Israel resolvió, el 6 de marzo de  2011, declarar ‘Justo entre las Naciones’ a Manuel Antonio Muñoz Borrero. Se plantó un árbol en su memoria  y su nombre se inscribió en el Museo del Holocausto de Jerusalén para recordarlo con un nombre permanente ‘yad vashem’ que nunca será olvidado.

 

Fragmentos de la obra Pasaporte a la Vida, de Gerardo Martínez Espinosa

 

Fuente: Diario El Tiempo

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