La historia de un niño judío que no se dejó vencer por el horro nazi.

La historia de un niño judío que no se dejó  vencer por el horro nazi.

El niño judío que no se rindió al horror nazi

 

El diario de Petr Ginz vio la luz de una manera casual. Sesenta años después de que Ginz empezara a escribir sus vivencias, el astronauta israelí Ilan Ramon expresó su deseo de que un símbolo del Holocausto lo acompañara en la misión del transbordador espacial Columbia.

La familia Ginz, con Petr, sonriente, en una imagen feliz de los tiempos que precedieron al Holocausto. Yad Vashem, Centro Mundial de Recordación del Holocausto.

 

Petr Ginz hacía sus propios cuadernos. Comprar papel era un lujo que un joven judío no podía permitirse en una ciudad ocupada por los nazis. El 19 de septiembre de 1941 empezó a escribir un diario que fabricó con el papel usado que su hermana Eva le regaló por su cumpleaños. En las primeras páginas, siempre después de anotar la fecha, Ginz describía el clima: “Lunes, 22 de septiembre de 1941. Por la mañana una niebla espantosa, por la tarde bueno”. Después escribía lo que había hecho y visto a lo largo del día: visitar a su abuela, hacer las tareas del colegio, jugar a las carreras de barcos con su amigo Harry Popper, ir a gimnasia ortopédica o sacar un libro de la biblioteca. “Me encontré con una señora que se parecía más a la muerte que a un ser humano”, escribió el día 6 de octubre de 1941.

 

El primogénito de Marie Dolanská y Otto Ginz nació el 1° de febrero de 1928, en Praga, la ciudad en la que vivía. El padre de Petr Ginz era judío. Su madre, de ascendencia cristiana, se convirtió al judaísmo. Ginz era flaco, tenía grandes orejas, los ojos azules y un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Se daba cuenta de que un orden extraño controlaba sus vidas. Así había sido desde marzo de 1939, cuando los nazis ocuparon Praga. Los judíos tenían prohibido comprar fruta, los niños abandonaban las escuelas: ya no podían compartir las aulas con sus compañeros arios. No podían viajar en el vagón delantero de los tranvías ni pasear por la ribera del río Moldava. Ginz afrontaba el peso de la realidad con la candidez de su juventud y, sobre todo, escribía.

 

La mañana del 22 de septiembre de 1942, Ginz se dirigió al taller en el que trabajaba limpiando máquinas de escribir. “No crean que limpiar una máquina es cosa fácil –escribió en su diario–. No es lo mismo limpiar que ‘limpiar’. Para que una máquina reluzca por fuera y por dentro hay que quitarle el carro y hurgar con el pincel hasta en los rincones más ocultos.

 

Después hay que repasarla con el compresor de aire. Lo más complicado es el espacio que está debajo de las palancas. Y eso varía en cada tipo de máquina”. Ginz acababa de limpiar dos máquinas cuando le dijeron que fuera al número 21 de la calle Norimberska, al Departamento jurídico. Era parte de su trabajo: “Cada dos semanas íbamos a revisar máquinas a todos los distritos de la ciudad, a ver si necesitaban una limpieza”. Una vez en el Departamento, mientras estaba concentrado en su tarea, alguien llamó por teléfono desde el taller para avisarle a Ginz que debía volver cuanto antes. Su nombre estaba en la lista de personas que abordarían el próximo “transporte”.

 

Ginz se despidió de sus compañeros del taller y se fue a su casa. “Mamá, no te asustes, me ha tocado el transporte”, le dijo a su madre. A la señora Ginz le bastó con escuchar la palabra “transporte”. Rompió en llanto. Su hijo se marcharía de casa, se iría en uno de esos trenes que se llevaban a los judíos a un lugar del que pocas veces regresaban. Ginz fue destinado al gueto de Terezín, una ciudad fortificada a 65 kilómetros de Praga. Desde noviembre de 1941, los nazis lidiaban con una escasez de cámaras de gas que entorpecía “la solución final de la cuestión judía”. Mientras ampliaban la capacidad de su sistema de exterminio –construyendo más cámaras de gas y hornos crematorios–, ubicaron a algunos judíos en guetos provisionales que funcionaban como lugares de paso, antesalas de la muerte.

 

A Ginz le dijeron que escogiera los juguetes que quería llevar en su equipaje. Apartó la libreta en la que escribía su diario, y folios de papel; para hacer grabados, llevó linóleo y cuchillas, cuero para encuadernar, un par de acuarelas y una novela que estaba escribiendo: El sabio de Altai. Eran sus posesiones más preciadas: “Añadí amorosamente aquellas cosas al equipaje y espero que no se me eche en cara que temiera por ellas más que por el resto”. Desde los ocho años y hasta los catorce, el joven Ginz –gran admirador de Julio Verne– escribió cinco novelas: De Praga a China, El sabio del Altai, Viaje al centro de la tierra, La vuelta al mundo en un segundo y El visitante de la época de las cavernas.

 

El sistema de Terezín no impidió que Ginz siguiera escribiendo y dibujando. Escribía poesía, novelas, cuentos y artículos. Con los libros que los nazis les arrebataban, los internos organizaron una biblioteca. Ginz leía con avidez las obras de Oscar Wilde, Honoré de Balzac, Charles Dickens, Jack London y Thomas Mann. También fue fundador, director y asiduo ilustrador y colaborador del semanario Vedem, una revista que elaboraban jóvenes del centro y que circulaba de forma clandestina en Terezín. En uno de los artículos que publicó en el semanario (“Paseo por Terezín”), Ginz reflexionó sobre las miserias del gueto y su indomable pulsión creativa: “¿Acaso puede existir en semejantes madrigueras subterráneas algo más que el simple instinto animal de satisfacer las necesidades corporales? ¡Y sin embargo es posible! La simiente de una idea creativa no perece entre el barro y la mugre. Brota incluso allí y florece como una estrella refulgente en medio de la oscuridad”.

 

El día de su partida a Terezín, el señor Ginz le pidió a su hijo que tuviera cuidado con los guardias alemanes. Lo abrazó y lo besó tantas veces como pudo. Se quedó mirando cómo atravesaba una puerta del Palacio de Exposiciones, la última parada antes del viaje, ese punto del trayecto en el que los familiares debían quedarse atrás. El joven Ginz volteó la mirada varias veces. El padre, que se esforzaba por ahogar “un ruidoso llanto que más bien parecía un doloroso grito”, agradeció que su esposa no estuviera viendo lo que él veía.

 

El diario de Petr Ginz vio la luz de una manera casual. Sesenta años después de que Ginz empezara a escribir sus vivencias, el astronauta israelí Ilan Ramon expresó su deseo de que un símbolo del Holocausto lo acompañara en la misión del transbordador espacial Columbia. El museo Yad Vashem –Centro Mundial de Recordación del Holocausto en Jerusalén– le dio una copia de un paisaje lunar que Ginz dibujó en Terezín, cuando ningún hombre había puesto un pie en la Luna. El sábado 1° de febrero de 2003 el Columbia se desintegró en el aire. Cuando faltaban 16 minutos para que la nave aterrizara en Florida, los siete miembros de la tripulación murieron a causa de la explosión. En Modrany, un barrio de Praga, un hombre llamado Jiri Ruzicka escuchó las noticias de lo sucedido. Aquel hombre sintió una corazonada. ¿Podía ser que el autor del dibujo que Ramon llevaba en un bolsillo tuviera algo que ver con los que él descubrió en el desván de su casa? Los dibujos estaban entre las páginas de unos viejos cuadernos. Eran los cuadernos de Petr Ginz. Habían ido a parar al desván de una casa que perteneció a unos amigos íntimos de la familia Ginz. Nadie sabe cómo.

 

El 28 de septiembre de 1944, tras dos años de reclusión en Terezín, Ginz fue trasladado a Auschwitz. Murió a los 16 años, ahogado en una cámara de gas. En El secreto de la cueva del diablo, una novela que no llegó a terminar, Ginz escribió: “El mundo es un desastre, si lo vemos de una manera objetiva…”.

 

Fuente: El Espectador

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